Buenas noches,
A veces escribes por inercia pensando que lo que has escrito morirá en un archivo de tu computador o en un monton de hojas sueltas o perdidas en un cuaderno viejo. Y, un día... aparece. Lo lees. No es un relato, ni un fragmento para un libro, es sólo un chorro de palabras que vomitaste en algún momento y que, a pesar de su destino confinado al olvido, forma parte de ti. Y te dices: ¿porqué no ponerlo en un lugar donde todos puedan verlo? quizás a alguien le guste.
Una vez más, y como hace mucho tiempo que no ocurría, precisas de las garras de las letras para arañar tu esencia. Para escarbar hasta lo más profundo de la sensación, en un intento desesperado de arrojar emociones que se resisten a materializarse en palabras. Quizás, cuando tus dedos hayan acariciado el teclado, sobre sus dedos quede grabada la verdad que se empeña en ocultarse entre las nieblas de una sofocante desazón. Quizás, en unos minutos, esa pantalla en blanco te escupa un porqué, un concepto, una palabra que te defina. ¿Es tristeza?, ¿Es alegría?, ¿Es miedo o simple cansancio? No lo sabes. Es sólo algo que te arrastra. Algo que tu “Yo” de hace tan sólo unos días, ese “Yo” seguro y estable, hubiera sostenido rechazar si le rozara.
«Yo no necesito esto», hubieras sentenciado. «No lo necesito»… gritas. Sin embargo, lo tienes… y lo mantienes. Te aterra que continúe, tanto cómo te asusta que se agote.
Quizás sólo sea miedo descubrir que te mentiste. Que quisiste enterrar en el jardín prohibido del realismo todas esas sensaciones en las que un día creíste y te hicieron vibrar. Te liberaste de ellas, las olvidaste, renunciaste a su aroma, a su sonido, a su efecto sobre tu piel... Y, ahora, cuando los soldados que celaron tus muros bajaron la guardia, cuando los profundos fosos cavados a golpe de descontento permitieron pasar la corriente que, sin quererlo aceptar, tanto temías... te das cuenta de que te estabas prohibiendo… sentir.
Hoy, todas esas vibraciones del cuerpo y el alma te han vuelto a sacudir. Te llenan y te vacían, te iluminan y te ciegan... La ilusión por el atuendo adecuado, por llegar puntual a la cita, inventar una fantasía con la que hacer feliz, o cuidar un menú para dos… El frescor del aire cabalgando sobre un caballo de aluminio por una carretera costera mientras una mano resbala por tu pierna. Ese brazo sobre los hombros que te conduce hasta algún lugar y te mantiene aferrada a sus dedos compartiendo caricias mudas. No, mucho más. Compartiendo complicidad, la conciencia de ser dos, de que el cuerpo se prolonga en otro cuerpo en una mirada eterna, en la seda extraña que se escurre por los poros consiguiendo que el resto del mundo esté de más. Un baile de abrazos, un canto en la penumbra, una copa compartida… La juventud del alma y los sentidos recuperada por arte de magia, por el hechizo de un destino caprichoso. Pero, tras las cortinas que velan los secretos confesados, se esconde el rostro de la realidad: la palabra “imposible”, el consabido final, el gélido aliento en la nuca de un otoño vestido de distancia, teñido del agrio sabor de la búsqueda del olvido.
El verano acabará e intentas no verlo. Por lo menos, no mirarlo. Si lo miras a los ojos te atrapará, arrebatándote ese sentimiento abstracto y sin nombre que te ha estado meciendo. Si clavas las pupilas en la evidencia, descubrirás que ese mundo de dos se inclina irremediablemente ante dos mundos que ya existen. No quieres conservarlo, pero no deseas perderlo. No quieres que te atrape, mas no intentas escapar. Decides dejar de pensar. Tomar del árbol de la vida ese dulce fruto prohibido que te regala. Decides que no existe mañana, sólo un reloj de horas robadas. Pero… cada despedida te congela. ¿Qué quieres? No lo sabes. Quizás un milagro. Dormirte y olvidar que hace unas horas eras una mujer. Ahora, solo una persona. Regresar al convencimiento de que sólo aspiras retornar a la persona que eras y recuperar la paz del antes. No así, esa paz se torna hueca, escribes procurando entenderlo… y acabas confesado que sólo eres capaz de desear… una llamada.
Yess...
A veces escribes por inercia pensando que lo que has escrito morirá en un archivo de tu computador o en un monton de hojas sueltas o perdidas en un cuaderno viejo. Y, un día... aparece. Lo lees. No es un relato, ni un fragmento para un libro, es sólo un chorro de palabras que vomitaste en algún momento y que, a pesar de su destino confinado al olvido, forma parte de ti. Y te dices: ¿porqué no ponerlo en un lugar donde todos puedan verlo? quizás a alguien le guste.
Una vez más, y como hace mucho tiempo que no ocurría, precisas de las garras de las letras para arañar tu esencia. Para escarbar hasta lo más profundo de la sensación, en un intento desesperado de arrojar emociones que se resisten a materializarse en palabras. Quizás, cuando tus dedos hayan acariciado el teclado, sobre sus dedos quede grabada la verdad que se empeña en ocultarse entre las nieblas de una sofocante desazón. Quizás, en unos minutos, esa pantalla en blanco te escupa un porqué, un concepto, una palabra que te defina. ¿Es tristeza?, ¿Es alegría?, ¿Es miedo o simple cansancio? No lo sabes. Es sólo algo que te arrastra. Algo que tu “Yo” de hace tan sólo unos días, ese “Yo” seguro y estable, hubiera sostenido rechazar si le rozara.
«Yo no necesito esto», hubieras sentenciado. «No lo necesito»… gritas. Sin embargo, lo tienes… y lo mantienes. Te aterra que continúe, tanto cómo te asusta que se agote.
Quizás sólo sea miedo descubrir que te mentiste. Que quisiste enterrar en el jardín prohibido del realismo todas esas sensaciones en las que un día creíste y te hicieron vibrar. Te liberaste de ellas, las olvidaste, renunciaste a su aroma, a su sonido, a su efecto sobre tu piel... Y, ahora, cuando los soldados que celaron tus muros bajaron la guardia, cuando los profundos fosos cavados a golpe de descontento permitieron pasar la corriente que, sin quererlo aceptar, tanto temías... te das cuenta de que te estabas prohibiendo… sentir.
Hoy, todas esas vibraciones del cuerpo y el alma te han vuelto a sacudir. Te llenan y te vacían, te iluminan y te ciegan... La ilusión por el atuendo adecuado, por llegar puntual a la cita, inventar una fantasía con la que hacer feliz, o cuidar un menú para dos… El frescor del aire cabalgando sobre un caballo de aluminio por una carretera costera mientras una mano resbala por tu pierna. Ese brazo sobre los hombros que te conduce hasta algún lugar y te mantiene aferrada a sus dedos compartiendo caricias mudas. No, mucho más. Compartiendo complicidad, la conciencia de ser dos, de que el cuerpo se prolonga en otro cuerpo en una mirada eterna, en la seda extraña que se escurre por los poros consiguiendo que el resto del mundo esté de más. Un baile de abrazos, un canto en la penumbra, una copa compartida… La juventud del alma y los sentidos recuperada por arte de magia, por el hechizo de un destino caprichoso. Pero, tras las cortinas que velan los secretos confesados, se esconde el rostro de la realidad: la palabra “imposible”, el consabido final, el gélido aliento en la nuca de un otoño vestido de distancia, teñido del agrio sabor de la búsqueda del olvido.
El verano acabará e intentas no verlo. Por lo menos, no mirarlo. Si lo miras a los ojos te atrapará, arrebatándote ese sentimiento abstracto y sin nombre que te ha estado meciendo. Si clavas las pupilas en la evidencia, descubrirás que ese mundo de dos se inclina irremediablemente ante dos mundos que ya existen. No quieres conservarlo, pero no deseas perderlo. No quieres que te atrape, mas no intentas escapar. Decides dejar de pensar. Tomar del árbol de la vida ese dulce fruto prohibido que te regala. Decides que no existe mañana, sólo un reloj de horas robadas. Pero… cada despedida te congela. ¿Qué quieres? No lo sabes. Quizás un milagro. Dormirte y olvidar que hace unas horas eras una mujer. Ahora, solo una persona. Regresar al convencimiento de que sólo aspiras retornar a la persona que eras y recuperar la paz del antes. No así, esa paz se torna hueca, escribes procurando entenderlo… y acabas confesado que sólo eres capaz de desear… una llamada.
Yess...
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